domingo, 12 de junio de 2016

La Cala, Luna, tú y yo


Esta imagen de la cala es la más parecida que encontré a la que tengo en casa.
Foto extraída de: photobucket.com

Hace muchos años, cuando yo era una adolescente me mudé a vivir con mi mamá. Empezamos a vivir en la casa en la que aún estamos mi mamá, Luna –mi perra-, tú, que eres mi amado, y yo.  
Por esa época mi abuela me regalaba bastantes matas, muchas de ellas las conservo aún hoy. Han soportado todos los avatares que he sufrido respecto a su cuidado, y también los vaivenes de nuestra estancia en la casa. Las plantas que me dio mi abuela son perfectas para la casa, siempre han estado aquí. Y digamos que son las originales, las toda la vida. Toda esta explicación me hace recordar también que mi abuela vino a mi casa a plantar algunas matas y que a mi abuelo le agradaba que a mí me gustaran las plantas.
Lo asombroso de una de esas plantas, al menos para mí, es que es una Cala blanca. ¡Siempre estuvo aquí y nunca floreció!. Echó muchas hojas, sobrevivió, y se multiplicó, porque esta es una planta que crece –si se quiere ver de esa manera- de manera espontánea en la casa.
A mi amado también le gustan las plantas y un día se puso a arreglarlas, las arregló todas y la Cala –que yo no sabía que era una Cala porque nunca había florecido en su vida- floreció.
Yo estaba impresionada. Se lo comenté, él sonrió y me dijo sí: “Solo necesitaba la mano de Dios”.

Y floreció por primera vez una de las dos matas de Cala que ahora tenemos.  Esa Flor, mi amado y yo, la vimos como un milagro, pero yo presentí que se dañaría, que Luna la dañaría porque ella ya se había metido antes con una planta y había dañado algunas de sus partes.

Y así fue. Luna se comió la primera flor, tal como yo lo había intuido desde el principio. 

Poco tiempo después, mi amado vio cómo una segunda planta de Cala había nacido espontáneamente en un matero. Yo le dije que esa planta era así, había sobrevivido a todo y a todos. Y paralelo a su descubrimiento, la primera planta, la que me sembró mi abuela, dio otra flor. Esta ni siquiera pudo nacer. Luna se comió el capullo.
Mi amado empezó a odiar a Luna, mi perra, porque le parecía que era mala, que dañaba a las flores por gusto.
Pero luego –y por separado- empezamos a averiguar por qué Luna, una perra salchicha, habría de dañar deliberadamente una flor. En ese momento yo ya había comprendido que Luna hace ciertas cosas por instinto, porque es un animal y punto. Sus actos no se pesan por bondad o maldad, tienen que ver con instinto. Y mi amado lo comprendió, aunque no estuvo de acuerdo. Ya él había pensado por sí mismo que quizá a la perra le atraía el olor de la flor y por eso la mordía.

Entonces alejamos "de todo mal" a la segunda planta de Cala, la cual había surgido ante de los ojos de mi amado. Y brotó un tercer capullo. A este lo quisimos desde el principio, lo amamos antes de que naciera y este nació, después de haberlo esperado mucho.

¡Por fin salió la cala! Era blanca como todas las demás, pero después de un día, la hermosa flor empezó a marchitarse y nunca más la vimos más esplendorosa que el primer día.

Entonces reímos, porque nos dimos cuenta que desde el inicio habíamos disfrutado de la flor en todo su esplendor. Lo demás que ocurrió nada tenía que ver con la Cala, ni con Luna ni con él ni conmigo.

Esa experiencia nos enseñó a ver cada cosa como es y a vernos a nosotros como somos. Nos empezamos a ver desde la sonrisa, desde la confianza, desde la esperanza que nos da ver la belleza de una flor, así sea por un instante.